Día de los inocentes

A continuación, compartimos esta bonita historia extraída de la revista clamor con motivo de un concurso de relatos, donde la autora, Carmina Martínez Pérez habla de Algar de Mesa.

 

Un bonito relato que bien merece estar en nuestra web y conocer así un poco más de historia de nuestro pueblo.

En la madrugada del 28 de diciembre de 1957 había niebla en Monzón, para los montisonenses no era un hecho aislado, sin embargo resultaba una novedad para Carmina, la niña de seis años que junto a su madre acababa de bajar del tren. Aquella densa bruma le besaba la cara y las manos y le impedía ver más allá de dos pasos.

Miró a su progenitora con la idea de preguntarle porqué en su pueblo nunca pasaba eso, pero al ver las lágrimas que corrían por su cara optó por no decir estupideces.

Eran las dos de la madrugada y las calles estaban vacías de almas «no había ni un alma por la calle», nadie a quién preguntarle dónde encontrar la dirección que buscaban; el jefe de las estación del tren, cuando recogió en Consigna su equipaje, les había dicho que aquello quedaba en el barrio del Palomar y que el barrio en cuestión estaba como a …¿cien?, ¿doscientos? metros, al otro lado de la vía.

-¿Tienes frio? Preguntó Josefa a la pequeña, harta ya de dar vueltas y más vueltas, sin acertar con la dirección que tenía escrita en un papel. La niña contestó que no, no era cuestión de entristecer a su madre.

-En cuanto vea luz en alguna casa, llamaré para que me indiquen dónde queda la calle que buscamos.

-No mamá, no molestas a estas horas. -Protestó la niña. Estaba sorprendida de cómo su madre había estado hablando en el tren, a lengua suelta, con personas desconocidas. Y ahora era incapaz de llamar en cualquier vivienda, sin importarle no conocer a sus habitantes.

No era extraña la reacción de Carmina, la mayor parte de su corta vida había estado aislada de la civilización, sus compañeros de juegos fueron un burro, la gata (de la que aún guardaba marcas en las manos) y los muñecos de barro que ella misma creaba arrancando pellizcos de arcillas preparado para hacer tejas.

Todas las primaveras emigraban a la casita que tenían alquilada en el pueblo y, hasta pasado el verano, vivían en un refugio de piedras con suelo de tierra y sin ventanas, que solía haber en la tejerías.

-¡Por fin! – dijo la mujer al contemplar un balcón iluminado, y sin hacer caso de las súplicas de su hija se acercó al timbre y lo presionó.

-¿Quién llama? – dijo una voz femenina al otro lado de la puerta.

-Ábranos señora, mi niña tiene frío y estamos perdidas, no encontramos la casa donde se hospeda mi esposo, quizá usted pueda indicarnos la calle.

Volvieron a caer las lágrimas por el rostro de la madre cuando la puerta se abrió; en el umbral, la dueña de la vivienda las miraba compasiva.

-Pasen dentro -indicó la mujer con un ademán de la mano mientras se retiraba a un lado para dejarles paso. En el pasillo, un suave calor abrazó sus cuerpos.

-Nos encuentran despiertos de casualidad, -añadió la señora de la casa, -hemos hecho hoy la matanza del cerdo y con toda esa faena todavía no nos hemos acostado, pero en estos momentos íbamos a proceder a hacerlo.

Un hombre de unos cuarenta años apareció ante ellas sonriendo, se le veía cansado y somnoliento.

-Disculpen que les hayamos molestado a estas horas, -dijo Josefa -pero, como le he dicho a su señora, necesitamos que alguien nos indique esta dirección. Estiró el brazo con un papel en la trémula mano.

-Cuánto lo siento -comentó el hombre, -pero esa zona es nueva y lo único que sé es que queda en el Palomar.

La mujer se estremeció y no pudo impedir que se le volvieran a anegar de lágrimas los ojos.

La mujer se estremeció y no pudo impedir que se le volvieran a anegar de lágrimas los ojos.

 

-¿Qué vamos a hacer ahora? -lamentó.

 

Lo que pasó a continuación, nunca se borrará de las mentes de la niña y su madre.

 

Los dueños de la casa sacaron de la cama a su hija (de unos catorce años) y, como estaba dormida, la subieron entre los dos por unas escaleras, para depositarla en el dormitorio del matrimonio, después, cambiaron las sábanas de su lecho y se las cedieron a las visitantes. Pero eso no fue todo, la mujer quería recuperar cuanto antes las maletas que tenía en consigna para que su importe no fuera mucho, así que cuando dijo que iba a marcharse a la rescatarlas, el hombre se ofreció solícito a acompañarla.

 

Mientras tanto entraron a Carmina a una sala en la que el abuelo de la casa alimentaba con troncos una estufa.

 

-No tengas miedo, -le dijo -acércate y caliéntate.

 

La niña no dejaba de mirar la puerta por la que se había marchado su madre y sentía ganas de llorar, ¿y si no volvía?, ¿y si le pasaba algo malo ahora que no estaba ella a su lado para protegerla?

 

-Ven -insistió el hombre mayor -toma un trozo de turrón.

 

Jamás había probado un manjar tan delicioso, el «turrón de Jijona» que le dioel hombre sabía a gloria bendita.

 

-¿De qué pueblo eres? -le preguntó el abuelo mientras atizaba la estufa.

 

-De Algar de Mesa.

 

-¿Algar de Mesa? ¿Dónde queda eso?

 

-Mi mamá dice que pertenece a la provincia de Guadalajara. -Contestó la niña.

 

Después de una eternidad regresó su madre y ambas, dando las gracias por la amabilidad con que habían sido acogidas, se fueron a dormir.

 

-No llores mamá. Suplicó la niña viendo, mejor dicho, oyendo como la mujer se ahogaba en llanto.

 

-Tu padre ya no nos quiere, le envié una carta diciéndole que veníamos y ya has visto, ni siquiera ha salido a la estación a recibirnos.

 

-Sí que nos quiere, lo que pasa es que…, tal vez se ha perdido la carta. Viendo que todo intento provocaba más su desesperación, optó por no decir nada y, mientras escuchaba como la mujer rogaba a la Virgen del Pilar y a su Virgen de Albares, una y otra vez, que su esposo no la hubiera olvidado, comenzó a pensar en todas las cosas que había descubierto en un sólo día. Primero fue en el tren, su madre le había hablado de él con unas tenazas abiertas a modo de vía, pero al verlo comprendió que no era cómo lo había imaginado; luego descubrió el water, éste sí que no se parecía en nada a cómo creía que era, la había contado su madre que era una taza donde muchas personas hacían pis y lo demás, y ella lo había visto en su imaginación como una taza de desayuno, con asa y todo, además creía que tendría que ser mucho más grande pues creía que podían usarlo muchas personas a la vez. _suerte que no es como pensé -se dijo- pues tenía un borde muy fino y además, al ser tan grande, uno hubiera podido caerse dentro. Recordó después la húmeda caricia de la niebla y el dulce sabor del turrón, y sin saber cómo, se quedó dormida.

 

La mañana amaneció soleada, encontraron la casa donde se hospedaba su padre, pero ya se había ido. Manolica, la dueña de casa les acompañó hasta la cerámica de Visa donde éste trabajaba y por el camino les contó que el hombre nunca recibió la carta que decían haber mandado.

 

Era el día de los Santos Inocentes, pero Gaspar no estaba recibiendo una inocentada cuando vio aparecer por la puerta de la nave donde estaba a su mujer y su hija. Él les había pedido que vinieran porque las extrañaba mucho y porque había decidido quedarse a vivir en Monzón pero no imaginaba que llegarían tan pronto.

 

La sonrisa de sus padres le alegraron el corazón y en ese instante Carmina fue feliz.

 

Autora: Carmina Martínez Pérez